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Mixta sobre tela. 130 x 195 cm.

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En grupo.

-Lo siento pero estamos completos.

-Estáis cuatro, eso son pocos.

-Somos los cuatro elementos, así lo hemos buscado, ese es el nexo, el hilo conductor del trabajo creativo.

-Pero podían ser cinco, o seis.

-Tierra, aire, agua y fuego. Los de toda la vida.

-¿Y el metal? ¿Y la madera?

-El metal y la madera son la tierra, además, eso es cosa de los orientales.

-Da igual de quién sea.

-No, no da igual.

-Yo quiero participar, tengo muchas ideas.

-No esta vez. Quizás si un día escogemos los cinco… los cinco… sentidos, o los cinco continentes…

-El éter es un elemento.

-No para Tales de Mileto, ni para Heráclito o para Anaxímenes.

-Pero sí para Aristóteles.

-Me da igual.

-El vacío

-Tampoco

-La luz

-Ni siquiera la luz.

-Nuestro mundo es bastante más complejo y variado que el que conocieron los griegos de hace dos mil quinientos años. Y ahora lo conocemos infinitamente mejor. Reducirlo a esos cuatro elementos es una grosera simplificación.

-Las mesas siguen teniendo cuatro patas, como las sillas. Las estaciones son siempre cuatro. Los puntos cardinales.

-Si falla uno de vosotros…

-Entonces sí. Quedas de suplente, pero tendrás que estar preparado. Para poder sustituir a cualquiera del grupo y en el momento en que se te necesite.

-De acuerdo. Pero vosotros vais con ventaja, ya sabéis con cuál os identificáis.

-Interioriza los elementos. Trátalos como a iguales, no te dejes invadir por uno en particular. Lo puedes comparar con ser sustituto en una obra de teatro, o en un musical, aprenderse los papeles de varios actores… porque  es una incógnita con qué elemento te tendrías que hermanar si uno de nosotros fallara.

-Así que de momento soy los cuatro sin ser ninguno. Con el tiempo, por innumerables azares más o menos probables, puedo ser uno, por ahora indeterminado. O puede que, por un azar distinto, nunca sea ninguno. Muchas incógnitas en un mundo que reducís con tanta seguridad a solo cuatro cosas…

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Sobre las motos.

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Ilustración de marijose Recalde.

 

 

Janicee aborda entre doce y quince veces al día las jakartas, las motos/taxi de las que hay varios cientos en la ciudad.

Es selectiva y no toma la primera que se encuentra. Si hay un grupo en el punto de reunión, por ejemplo el que está junto al ultramarinos o el del dispensario médico esperando clientes deja pasar hasta que está en primer lugar un conductor que le gusta. Le llama, se sube.

Ya en la moto aprieta bien sus piernas contra el culo del chico. Y procura agarrarse a sus hombros primero,  pero prefiere a su  cintura. La mayor parte de la gente que circula así no necesita siquiera tocar al conductor, van sueltos y seguros, tienen práctica y han perdido el miedo. Otros se cogen a la barra trasera y es suficiente.

Los prefiere en camiseta de tirantes, palpa el arco bajo la axila, el dibujo de las costillas. Hoy ha creído ver que un chico llevaba en la cintura, aparte del cordón en el que suelen atar sus amuletos, sus grigris, un rollo de papeles recogidos con mimo en un cilindro anudado con varias vueltas de hilo naranja. Ha supuesto que serían billetes grandes, quizás todo el capital de ese chaval.

Janicee, cuando se acercan al final del recorrido, acerca su boca al cuello de él, aspira hondo, se queda con el olor. Si en ese instante pasan por un bache puede ocurrir que sus labios rocen inesperadamente el pelo, el cuello de la chaqueta, la carne oscura. Y cuando desmonta procura echar su mano al brazo desnudo, firme, se lleva su piel.

Quiere creer que nadie se ha percatado de nada,  se tiene por comedida y sigilosa. Pero su afición se le ha desorbitado sin ser ella consciente del enganche. Sí la han descubierto y entre los chicos bromean, se ríen,  apuestan por ver quién será el elegido en la siguiente ocasión.

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Relato.

El extraño suceso conmocionó a muchos. Y el responsable pronto se convirtió en una figura estigmatizada. La intranquilidad se extendió por todos los estamentos de la sociedad y la censura se proyectó no solo sobre el hecho en sí mismo y sobre el autor, también sobre las circunstancias y las características personales del causante.

Así con el tiempo se pudo percibir un rechazo social, difuso pero innegable, hacia aquellos que compartían profesión con el protagonista, los practicantes sanitarios. La gente, sin dar una explicación,  pedía con más o menos rotundidad que fueran los médicos quienes administraran las vacunas o extrajeran sangre. La misma animadversión se percibía hacia las personas que vivían en la región de Numbal, de donde procedía este individuo.

Sin promulgación de ningún edicto ni ley ni reglamento ciertas cosas cambiaron. Una muy curiosa, de la que apenas nadie se dio cuenta, fue el uso de las vestimentas. En el momento crucial el sujeto llevaba una camisa de cuello duro con bolsillo recto en el lado izquierdo. Poco a poco fueron desapareciendo de las tiendas, ya nadie las compraba,  nadie que pudiera quererlas las encontraba.

Aquella prenda era de un anaranjado como el que está en la bandera de ese país del norte de Europa que acaba de recibir un encargo de 126 fragatas para los chinos. Lo mismo, con los meses ya no había prendas de ese color, no las veías en la calle.

Hasta el punto de que el color en sí mismo, su matiz concreto, su tono preciso que tanto habíamos visto en las televisiones y en las fotografías que daban cuenta de lo que sucedió, parecía apartado, borrado completamente de la vida cívica.

Hasta que un día un pintor, al ir a comprar sus tubos de óleo, reparó en el hecho de que este color naranja había subido considerablemente de precio. No todos habían costado siempre lo mismo. Por los materiales del los que se obtienen, por su rareza, por el procedimiento más o menos complejo o delicado… el violeta cobalto, el azul real… unos cuestan más que otros, en ocasiones la diferencia es muy notable.

Pero no era este el caso.

Sospechando lo que ocurría, molesto, después de intentar razonar con el dependiente, de discutir, al final enfadado, con un gesto que a los dos se les hizo violento agarró el tubo y se lo llevó dejando sobre el mostrador la misma cantidad que antes pagaba. Apresurado se marchó.

Semanas después la denuncia, luego el juicio. Antes, los amigos, preocupados por lo que veían venir,  habían intentado convencerle: ese naranja que no tienes… si usas este otro y cerca le colocas la cantidad justa de amarillo cadmio –le dijo un colega- verás cómo el resultado es el mismo. Pero además… tal como pintas tú que pones mil colores… ¿Quién va a echar de menos ese? Si propiamente no los buscas, si te dejas llevar por tu magnífica intuición, si hay tantos y son esplendidos todos…

El juez no era de los que se recuesta y se mece la barba, de los que se yergue y escribe en su tableta. Era uno corriente, extrañado de que un caso de tan poca importancia que se podía haber resuelto en una vista semiautomática se hubiera magnificado de esta manera. Aun así iba a condenarle a pagar el tubo del óleo al precio estipulado por el mercado, a cargarle las costas del juicio, a reprenderle, a mandar desalojar la sala. Pero la intervención en el último minuto del abogado defensor produjo el vuelco. Porque empezó a hablar de mandarinas, de naranjas, de yemas de huevo, de calabazas, zanahorias, bombonas de butano, cangrejos… (en ese punto pensó el abogado que el juez le interrumpiría con un no se equivoque su señoría de escenariono nos haga perder a todos el tiempo) pero el letrado no le dejó espacio, no se detuvo y fue cuando en su enumeración sin fin el abogado mencionó los grilletes y los buzos naranja de los prisioneros además de los pijamas igualmente naranja que les hacen vestir a quienes van a ser decapitados frente a una cámara de video que les graba cuando el juez dejó escapar un suspiro, golpeó con el mazo y puso fin a todo aquello.

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Hoy de nuevo todo.

A la manera de un ecosistema, donde cada elemento -vivo- es importante y, antes o después, esencial en la comunidad natural. Donde han de estar todos porque entre unos y otros se sostienen en el medio común, aquí en la superficie expuesta de la pintura. Fértil en comunidad.

El puzle es una manera de integrar, como lo es la cuadrícula. Es una convocatoria ávida por acoger.

Las líneas unen y relacionan. Hilos, hebras, rastros, huellas, trazas, estelas… conectando. Las redes, muy finas pero muy resistentes, crean un tejido oxigenador.

Igualdad dentro de la diversidad cromática, correspondencia y equivalencia, complementariedad. Comparten el mismo plano, reciben la misma luz, un flujo de energía vivificante, no hay un foco orientado en una dirección que privilegie a unos y desfavorezca a otros.

El color independiente de adscripciones. ¿Son más nuevos los claros y vivos?

Son la diversidad y la polivalencia de los objetos y de los símbolos quienes invitan a participar. Estructuras capacitadas para la comunicación conforman espacios de inserción, imágenes, pictogramas que son códigos de inclusión.

Las figuras fluidas, de dibujo elemental, fácilmente maleables, representan eso que parecen y aquel conjunto amplísimo de los entes en lo que muy fácilmente pueden devenir. Lo mismo con los colores: son los que están, pero asoman con esa entusiasta libertad que sugiriere que pudieran muy bien ser otros. Probeta, retorta, caldo de cultivo, laboratorio generador de variantes.

De uno a otro es ese núcleo esencial de luz, incesante generador, oferente y en transformación. Volcado en historias, ya sean mínimas, cotidianas, grandiosas o épicas… en sus escenarios.

Hoy de nuevo todo. Hoy todo de nuevo. No porque sea meramente posible sino porque de hecho sucede, a lo largo del mundo, en una jornada. Historia Universal Hoy.

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El texto que sí va en el catálogo.

El primer año se reunieron en un cobertizo cercano a la fábrica de panes y de pasteles donde trabajaba Amamn. Amigos venidos desde distintos puntos del país, convocados por Hanji, la pediatra. Llegaron un viajero, un agricultor, un poeta, una bióloga que estaba al cargo de una estación de medición con anemómetros, una ingeniera de molinos de viento.
La caseta acababa en una torre circular y sus huecos -de muy distintos tamaños, de formas irregulares- se abrían en todas direcciones.
Hablaron de lo que mejor conocían: los vientos. Del que era como un siroco, del de levante, la tolvanera, la brisa, el demonio de polvo, los alisios, los tifones. De los remolinos. Y de lugares. También de personas, como aquella que al hablar movía sus manos como si las transportara el aire o el otro entre cuyos botones de la chaqueta el viento hacía sonar un estribillo de blues.
Era difícil explicarse con palabras así que se propusieron recrear las sensaciones. El cobertizo tenía dos plantas, y ventanas a distintas alturas. Cada cual eligió una de esas aberturas y se quedó largo rato sintiendo entrar y salir el aire a través de ese hueco. El reto consistía en inventar la manera de reproducir las sensaciones que recordaban del aire, del viento que se les quedó marcado.
Con distintos objetos, con herramientas, cacharros de los que tenían a mano, los de la panadería como moldes, cepillos, rasquetas, espátulas, varillas, pinceles, batidores, mangas de pastelero, brochas, bandejas, pinzas… construyeron alambicados cachivaches por los que, una vez entraba el viento, el sonido y la impresión que se producía era de alguna manera semejante al que recordaban. Como aquel día en que Axel se perdió en la playa. Tenía seis años. Cuando lo encontraron estaba enrojecido por el sol. Y no olvidará el alivio y el gozo que le produjeron su madre y su hermano soplando -las bocas muy cerca del cuerpo del chiquillo- un aire restaurador.
Berta leyó en alto un fragmento de un libro sobre la guerra civil norteamericana. Hacía alusión al olor de los cuerpos en la batalla, entre un grupo de soldados negros luchando en el lado confederado, un impaciente viento de bayonetas.

Cuando los mecanismos estuvieron terminados se pusieron a colgar del techo unas telas livianas, sedas, velos, chales, saris… que el aire movió a su antojo.
Jugaron a perseguirse en el laberinto de gasas. Acabaron rendidos, echados en los colchones.

En el segundo viaje, el nuevo grupo de amigos se propuso componer una pieza audiovisual recreando fuegos, rayos y truenos. Lo hicieron en el interior de una cueva, entrada la noche. Vino una meteoróloga, un constructor de chimeneas, una experta en pararrayos. Un pastor, un farero, también un inspector de seguros especializado en incendios.

Diez meses después el tema giraba en torno a las aguas: las lluvias, los granizos, los arroyos, el mar, los pozos. Usaron trozos de tuberías, válvulas, cuencos. Se juntaron un amanecer de noviembre en la fuente de los caños con formas de huesos un buzo, un barquero, una socorrista, una marinera y una profesora de mecánica de fluidos. Añadieron a la fuente centenaria toboganes y saltos, diminutas palas giratorias, construyeron un laberinto de cascadas y meandros.
Quedaban para más adelante las tierras. Las rojas, las volcánicas, las que son de parecidos colores a los cielos, de semejante elevación.

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Otro texto para marijose.

Esta era otra opción. Tampoco será la que aparezca en el catálogo:

 

 

 

Vendrán Lou y Alberta. Todo preparado en el ático, también la estufa, que lleva encendida desde por la mañana y donde calentaré además del té, unas hamburguesas de carne de cordero que tengo descongeladas desde anoche. Lou es un hábil saxophonista y ella domina la batería. Vamos a intentar una variación sobre una pieza de Coltraine que yo versioné y grabé hace unos seis años pero a la que ahora quiero convertir en algo más… supongo que centroeuropeo, o así, lo que yo identifico como tal después de haber vivido dos meses en Frankfurt. Por eso el protagonismo será hoy para la manera muy percusiva que tiene Phill de manejarse con las cuerdas de su guitarra.

Ya hace un mes de la última reunión, la de los folkies. Adriana –que sigue aún debilitada por una de esas enfermedades de las ciudades norteafricanas- Ben, Lucas -el sobrino de mi hermano; sé que quiere venir, probablemente para coincidir con Damián- e   Isabel. Yo tenía los rudimentos de una letra sobre trenes atravesando campos de maíz, un maquinista tuerto que tomaba sopa para el desayuno, sopa para comer, sopa para cenar… salpicando palancas y, indicadores de presión, de velocidad, de temperatura. Cantará Adriana, será protagonista.

A todos les regalaré, como siempre, vinilos de mis tres primeras sesiones importantes en el estudio, son copias valiosas, ya me quedan muy pocas.

Antes de que termine el año nos juntaremos un grupo numeroso (tengo muchas ganas de verles aquí, les propondré que se queden a dormir, ya estoy sacando de los armarios sábanas y mantas) para terminar esa pieza que comencé hará ya… mucho tiempo. Lo que tengo hasta ahora suena como si Johnny Winter, somnoliento, calentara la voz desde lo alto de una imponente escalera de mármol. Turbador. Ha de ser blues –aunque no se me da muy bien, me servirá para retarme y aprender- y ha de ser elegante, para eso les convenceré a los demás de que Andrés ha de permanecer todo el tiempo en primer plano, es el que mejor me conoce y captará enseguida lo que pretendo conseguir. Pero no quiero que esto lleve a equívocos, algunos saben que le debo una importante cantidad de dinero. Andrés es graciosos, me parece un cómico al estilo de aquel de la televisión, el de la serie de los radiotelegrafistas.