Nunca como ahora.

Nunca has tenido en frente un cactus de espinas sin piel, de hielo azul como éste, nunca has subido ni bajado unas escaleras de atrezzo como las que se insinúan aquí, ni mirado a un hombre como el que en esta pintura extiende exultante sus brazos a la par que su doble, jamás te habías acercado a un volcán habitado por un monstruo sin párpados como el que ves estallar en este enredo .

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Un mensaje

Hola

Enhorabuena por tu exposición. Y que tengas muchos más éxitos.

Me ha dicho María que te habías medio enfado conmigo. Pero te tengo que explicar una cosa. 

Hice un esfuerzo por ir a la inauguración, la verdad es que no ne venía nada bien porque había tenido que cancelar una cita con el dentista y ya te he contado alguna vez que este dentista está muy solicitado y si pierdes una oportunidad luego tarda mucho en darte otra cita.

Según María te enfadaste porque dices que no dediqué mucho tiempo a mirar tus cuadros. Tu dices que me quedé a la entrada de la sala, hablando con el grupo que estaba donde los canapés y que no me moví de allí hasta que salimos todos cuando cerraron.

Sí que vi las pinturas. Habría sido estúpido ir hasta allí y no verlas. Pero también es cierto que me moví poco por la sala. Para eso hay una explicación.

Estaba con Rosa Valbuena -ya la conoces- y no me quería apartar de ella. ¿Por qué? Ya sabes que es celiaca. Y por lo tanto no puede comer cosas que tengan gluten. Normalmente no necesita a nadie para recordarle qué cosas le están prohibidas… Salvo cuando bebe. (A estas reuniones sociales siempre ha ido con  Bruno, no sé qué les pasa últimamente, y mira que él es una bellísima persona….)

Rosa si bebe se olvida que es celiaca, o se despreocupa. Por eso yo no quería que bebiera. No dejaba de rellenarse el vaso, así que no me separé de ella. 

Pues esto era lo que quería decirte. Y que lo que vi, que es verdad que no fue mucho, estaba muy bien, que has mejorado un montón.

Besos.

Juana.

De uno a otro.

Al cumplir los 64 años el pintor Aurelio Romo recibió una carta certificada. Era del departamento de hacienda del gobierno central. Le reclamaba una deuda por impuestos impagados, una cantidad enorme que en ningún caso Aurelio podría devolver. Probablemente le darían la oportunidad de pagarla a plazos él no estaba dispuesto a entregar ni una sola moneda pues creía completamente injusta la demanda.

Tras darle muchas vueltas al problema se dio cuenta de que las autoridades no podrían sacarle nada si no tenía nada. La casa donde vivía no era de su propiedad, tampoco tenía apenas dinero en el banco. Sí una colección de sus propios cuadros, eso podrían requisarle, eso podría perder.

Decidió desprenderse de ellos antes de que se los llevaran. E ideó una manera original. Empaquetó una a una las pinturas y buscó en el listín telefónico las direcciones de hasta 98 personas para él completamente desconocidas. A cada una le envió un cuadro con una nota explicando que se trataba de un regalo hecho a personas escogidas al azar y sin la pretensión de ninguna clase de compensación. No mencionó su edad ni los problemas económicos.

No esperaba respuestas, pero las obtuvo. La mayor parte de los receptores no dijeron nada. Se habrían quedado con el cuadro o lo habrían tirado a la basura, eso él nunca lo sabría. De entre los que sí contestaron había de todo. Quien quería pagar un dinero, aunque fuera poco, quien pedía explicaciones de por qué le habían escogido a él o a ella, si habría intenciones inconfesables por parte del pintor; los que mandaron un regalo como intercambio (un libro, un anillo, otro cuadro, botellas de vino, un queso, un vale para una estancia en un alojamiento rural, estampas de santos, un DVD con una película sobre Velázquez, un teléfono móvil, unos zapatos ya estrenados…)

Dos le invitaron a pasar unos días en su casa, otro prometió tenerlo en sus oraciones porque asumía que el pintor estaba muy enfermo, cerca de la muerte. Una mujer devolvió la pintura porque no le gustaba lo más mínimo; un joven que se tenía por muy atractivo se ofreció a tener sexo con el pintor del que sospechaba que sería homosexual “como lo son la mayoría de los artistas”. Otro solicitó que por favor se le avisara cuando falleciera el pintor pues daba por hecho que en ese momento se revalorizaría sustancialmente su obra.

Alguien muy avispado que dijo conocer a un inspector de hacienda le quiso chantajear porque sospechó que ese regalo que estaba recibiendo era precisamente eso, una manera de burlar las obligaciones con el fisco.

También recibió una carta de una tal Amelia Suarez. Se quedaba con el cuadro, lo agradecía vivísimamente. Le había encantado la idea de repartir de aquella forma generosa y abierta. Y le proponía algo. Ella, si Aurelio le proporcionaba las direcciones de todos los seleccionados, les enviaría a su vez una carta con una nueva invitación. Iba a pedirles que ahora fueran ellos los que le enviaran a Amelia cada una de aquellas pinturas, que se desprendieran de ellas con parecida facilidad a como les habían llegado. Y que, en caso de buscar compensación, especificaran qué querían a cambio.

De nuevo la mayor parte de los interpelados no contestaron. Hubo quien mandó el cuadro sin pedir nada, continuando la cadena. Varios pidieron dinero, bastante dinero. Un hombre -mayor, por lo que contaba- dijo haber descubierto cualidades semimágicas en la pintura que recibió y ahora preguntaba si de esta peripecia excepcional podría reclamar la curación de su hija, que tenía cáncer.

Amelia escribió un artículo en una revista contando todo esto.

Con el paso de los años la hacienda estatal renunció a cobrar la deuda por falta de fondos y de bienes.

Aurelio llegó a arrepentirse de haberse desprendido de sus pinturas e intentó recrear algunas, que recordaba con detalle. Sus intentos se materializaron en completos fracasos, era imposible recuperar la soltura de antes, la espontaneidad, era absurdo tratar de copiar. Sólo en una ocasión logró algo que reparó, al menos por unos días, su afligido ánimo. Semanas después envolvió esa pintura, hizo un paquete y fue a correos. Desde allí se la envió a la muy selecta –sólo para altos funcionarios del estado- residencia de ancianos de San Mateo.