No más.

Fernando concluyó en febrero los diez cuadros de luminoso lino blanco que en casa le habían regalado para su cumpleaños. Y no iban a comprarle ningún otro lienzo al menos hasta que el muchacho aprobara los exámenes de tercero de pedagogía, la carrera que estaba estudiando en Barcelona, su padre no quería que se distrajera demasiado con su afición artística.

Pero había momentos en que su necesidad era tal que si, por ejemplo,  sentía ansiedad por abrir el tubo del color naranja y aplicarlo en la tela, o por dibujar un círculo o un pentágono, por esbozar el pliegue de un tejido se plantaba frente a esos diez lienzos supuestamente terminados y rebuscando entre todos ellos encontraba el lugar donde hacer aquello sin dañar a la imagen que en su momento había dado por terminada.

Porque se conocía bien pintaba cuadros nunca definitivos o completos, más bien al contrario,  acogedores, hospitalarios.

Un picasso.

Estás leyendo una entrevista a un personaje famoso y rico. En la descripción que hace del entorno: un estupendo ventanal sobre el Sena, mesa estilo Luis XVI, exquisito juego de café…. el periodista deja caer que en la estancia hay colgado un picasso.

Sin más, no detalla, no dice QUÉ picasso, ni siquiera por aproximación, como si fueran todos parecidos, como si diera lo mismo (cómo iba a dar lo mismo en un creador de esa prodigiosa multiplicidad) como si la imagen concreta, e incluso el soporte, la técnica, hasta el tamaño no importaran. (Sí, tampoco todos los escritorios son iguales, ni son idénticas todas las tazas, ni el Sena luce igual desde cualquier mirador.)

Sigues leyendo pero ya eres incapaz de concentrarte cuando relata viajes o menciona amantes, entre abatido y airado no puedes evitar volver sobre el fantasma de esa pieza desdeñada.

Hasta aquí.

Alejandra Deomar tiene en su biblioteca muchos libros sobre artistas. 

En la habitación donde pinta hay una marca, una muy corta línea, un guión sobre la pared, cerca de la estantería. Situada a 163 cm del suelo corresponde a la altura de Pablo Picasso.

Secos.

Muchos de los colores que aplicas en una pintura, al secarse, cambian. Por lo general pierden brillo, luz. Oleos, acrílicos, tienden a apagarse. Depende de calidades, de la cantidad que pones, de si para los primeros añades aceites, barnices, disolventes. Si los extiendes mucho -y en qué dirección sobre el entramado de hilos de la tela- si mezclas, sobre qué tipo de tejido los aplicas, si a los segundos les añades agua.

No todos los colores en las mismas condiciones pierden lo mismo. 

Jaime Melgar tiene predilección por trabajar con los fieles, los que conservan mejor su identidad inicial, pero también le gusta tratar con los otros, con los que van a obrar por su cuenta. No está dispuesto a prescindir de ninguno, no cuestiona su lealtad.

Como los árboles.

Las ramas, las hojas de los chopos, de los álamos, se mueven mecidas por el viento. Verlas y escucharlas es una delicia.

Cuando el aire se detenga será como si no hubiera ocurrido nada.

El río corre junto a los campos, todo ese agua que veo moverse se desplaza, va para otro lado. Lo mismo ocurre con las nubes, con los pájaros, con una hilera de hormigas. Pero las hojas vuelven a donde estaban, tras el vuelo deslumbrante, el baile alegre. Serán distintas en unas semanas pero las he visto revolverse, zambullirse,  crepitar y silbar para regresar a la misma calma espléndida donde estaban.

Quisiera tener un cuadro donde pintar de esta manera, con esa irresponsable despreocupada libertad  donde buscar hacer prodigios sin interferir, sin cambiar nada porque la imagen no necesita ni admite mejoras.

Asombrado.

.

.

DSCF1616

Mita sobre tela. 60 x 90 cm.

 

El viajero por fin desafió la hermosa, imponente presencia de la palmera estrellada y desde su domada copa se aventuró a mirar más allá.

DSCF1617

Mixta sobre tela. 70 x 100 cm.

Presas.

No reparar en las sombras, si se puede, no cruzarse con ellas. Ignorarlas por lo que tienen de condenada condición rastrera. Son presas de suelos y paredes. Mejor mirar a otro lado, alzar la vista. 

Señas de esclavitud, de nuestro vuelo bajo. Definitivamente privadas como ninguna otra cosa de cualquier color que no sea el gris.

Nunca como ahora.

Nunca has tenido en frente un cactus de espinas sin piel, de hielo azul como éste, nunca has subido ni bajado unas escaleras de atrezzo como las que se insinúan aquí, ni mirado a un hombre como el que en esta pintura extiende exultante sus brazos a la par que su doble, jamás te habías acercado a un volcán habitado por un monstruo sin párpados como el que ves estallar en este enredo .

DSCF1426

Un mensaje

Hola

Enhorabuena por tu exposición. Y que tengas muchos más éxitos.

Me ha dicho María que te habías medio enfado conmigo. Pero te tengo que explicar una cosa. 

Hice un esfuerzo por ir a la inauguración, la verdad es que no ne venía nada bien porque había tenido que cancelar una cita con el dentista y ya te he contado alguna vez que este dentista está muy solicitado y si pierdes una oportunidad luego tarda mucho en darte otra cita.

Según María te enfadaste porque dices que no dediqué mucho tiempo a mirar tus cuadros. Tu dices que me quedé a la entrada de la sala, hablando con el grupo que estaba donde los canapés y que no me moví de allí hasta que salimos todos cuando cerraron.

Sí que vi las pinturas. Habría sido estúpido ir hasta allí y no verlas. Pero también es cierto que me moví poco por la sala. Para eso hay una explicación.

Estaba con Rosa Valbuena -ya la conoces- y no me quería apartar de ella. ¿Por qué? Ya sabes que es celiaca. Y por lo tanto no puede comer cosas que tengan gluten. Normalmente no necesita a nadie para recordarle qué cosas le están prohibidas… Salvo cuando bebe. (A estas reuniones sociales siempre ha ido con  Bruno, no sé qué les pasa últimamente, y mira que él es una bellísima persona….)

Rosa si bebe se olvida que es celiaca, o se despreocupa. Por eso yo no quería que bebiera. No dejaba de rellenarse el vaso, así que no me separé de ella. 

Pues esto era lo que quería decirte. Y que lo que vi, que es verdad que no fue mucho, estaba muy bien, que has mejorado un montón.

Besos.

Juana.

De uno a otro.

Al cumplir los 64 años el pintor Aurelio Romo recibió una carta certificada. Era del departamento de hacienda del gobierno central. Le reclamaba una deuda por impuestos impagados, una cantidad enorme que en ningún caso Aurelio podría devolver. Probablemente le darían la oportunidad de pagarla a plazos él no estaba dispuesto a entregar ni una sola moneda pues creía completamente injusta la demanda.

Tras darle muchas vueltas al problema se dio cuenta de que las autoridades no podrían sacarle nada si no tenía nada. La casa donde vivía no era de su propiedad, tampoco tenía apenas dinero en el banco. Sí una colección de sus propios cuadros, eso podrían requisarle, eso podría perder.

Decidió desprenderse de ellos antes de que se los llevaran. E ideó una manera original. Empaquetó una a una las pinturas y buscó en el listín telefónico las direcciones de hasta 98 personas para él completamente desconocidas. A cada una le envió un cuadro con una nota explicando que se trataba de un regalo hecho a personas escogidas al azar y sin la pretensión de ninguna clase de compensación. No mencionó su edad ni los problemas económicos.

No esperaba respuestas, pero las obtuvo. La mayor parte de los receptores no dijeron nada. Se habrían quedado con el cuadro o lo habrían tirado a la basura, eso él nunca lo sabría. De entre los que sí contestaron había de todo. Quien quería pagar un dinero, aunque fuera poco, quien pedía explicaciones de por qué le habían escogido a él o a ella, si habría intenciones inconfesables por parte del pintor; los que mandaron un regalo como intercambio (un libro, un anillo, otro cuadro, botellas de vino, un queso, un vale para una estancia en un alojamiento rural, estampas de santos, un DVD con una película sobre Velázquez, un teléfono móvil, unos zapatos ya estrenados…)

Dos le invitaron a pasar unos días en su casa, otro prometió tenerlo en sus oraciones porque asumía que el pintor estaba muy enfermo, cerca de la muerte. Una mujer devolvió la pintura porque no le gustaba lo más mínimo; un joven que se tenía por muy atractivo se ofreció a tener sexo con el pintor del que sospechaba que sería homosexual “como lo son la mayoría de los artistas”. Otro solicitó que por favor se le avisara cuando falleciera el pintor pues daba por hecho que en ese momento se revalorizaría sustancialmente su obra.

Alguien muy avispado que dijo conocer a un inspector de hacienda le quiso chantajear porque sospechó que ese regalo que estaba recibiendo era precisamente eso, una manera de burlar las obligaciones con el fisco.

También recibió una carta de una tal Amelia Suarez. Se quedaba con el cuadro, lo agradecía vivísimamente. Le había encantado la idea de repartir de aquella forma generosa y abierta. Y le proponía algo. Ella, si Aurelio le proporcionaba las direcciones de todos los seleccionados, les enviaría a su vez una carta con una nueva invitación. Iba a pedirles que ahora fueran ellos los que le enviaran a Amelia cada una de aquellas pinturas, que se desprendieran de ellas con parecida facilidad a como les habían llegado. Y que, en caso de buscar compensación, especificaran qué querían a cambio.

De nuevo la mayor parte de los interpelados no contestaron. Hubo quien mandó el cuadro sin pedir nada, continuando la cadena. Varios pidieron dinero, bastante dinero. Un hombre -mayor, por lo que contaba- dijo haber descubierto cualidades semimágicas en la pintura que recibió y ahora preguntaba si de esta peripecia excepcional podría reclamar la curación de su hija, que tenía cáncer.

Amelia escribió un artículo en una revista contando todo esto.

Con el paso de los años la hacienda estatal renunció a cobrar la deuda por falta de fondos y de bienes.

Aurelio llegó a arrepentirse de haberse desprendido de sus pinturas e intentó recrear algunas, que recordaba con detalle. Sus intentos se materializaron en completos fracasos, era imposible recuperar la soltura de antes, la espontaneidad, era absurdo tratar de copiar. Sólo en una ocasión logró algo que reparó, al menos por unos días, su afligido ánimo. Semanas después envolvió esa pintura, hizo un paquete y fue a correos. Desde allí se la envió a la muy selecta –sólo para altos funcionarios del estado- residencia de ancianos de San Mateo.

Abierto, expuesto.

Al igual que otras de las obras expuestas en aquel pabellón español en la Exposición Universal de París (por ejemplo El Segador, de Joan Miró), el mural de Picasso podía haber sido un trabajo efímero, su tiempo de vida pudo haberse concluido allí.

Quien sostiene esto asegura  que el soporte en el que está pintado el cuadro es de poca calidad, que el propósito era propagandístico –y por esto perecedero- y que sobrevivió porque de otros países llegaron solicitudes para exponerlo.

(Esta interpretación es más que dudosa pues Picasso ya era en aquel tiempo un pintor célebre y dedicó todo un mes a ese prodigioso trabajo.)

Ochenta años después el Guernica tiene un cuerpo frágil. Tanto que sus cuidadores han concluido que sería perjudicial para la tela soltarla de su bastidor y enrollarla para que pudiera salir del museo y viajar, como hizo en tantas ocasiones: a Londres, Oslo, Estocolmo, Nueva York… estuvo en 32 ciudades.

Tras examinarlo, el equipo de conservación y restauración descubrió múltiples microfisuras. Decidieron que ha de permanecer donde está. 

Abierto, expuesto.

Así que extrañamente en su caso la fragilidad implica presencia. No se apagará ni siquiera provisionalmente, no va a volverse a cerrar sobre sí mismo, para no quebrarse más es obligado que permanezca extendido.

Ni un instante va a dejar de hacerse oír en su furia, en su denuncia. Porque es poderoso pero también porque es frágil, como la humanidad que reivindica.

Para bien.

Isabel empezó a estudiar medicina pero lo dejó el tercer año al darse cuenta de que no podría soportar la obligada proximidad de cuerpos que no le resultaran atractivos o al menos tolerables.

Encontró trabajo en una agencia de seguros. 

Desde el 2005 tiene un taller de pintura donde pasa no menos de tres horas al día.

De la carrera no le quedan ni buenos recuerdos ni enseñanzas útiles salvo una que recibió en el primer curso, en ética o en deontología: primum non nocere, lo primero es no hacer daño, la máxima atribuida a Hipócrates, precepto fundamental para los médicos. Ante todo no empeorar las cosas.

Le pareció lleno de sentido, admirable y lo aplica a muchos ámbitos de su vida, incluida la pintura. No deja el estudio hasta que no se asegura de que la sesión de ese día ha mejorado, aunque fuera mínimamente, aquello que se encontró al comenzar.