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Gozo sin límites

La exposición de David Hockney en Bilbao resultaba abrumadora. Por el número de lienzos, por su tamaño, por la disposición, en según qué espacios, rebosante hasta el punto de hacer difícil la observación de cada una de las telas.

Este hombre presume de haber hecho él todo lo que está expuesto, a diferencia de tantos otros artistas actuales que se ayudan de equipos de colaboradores a los que hacen intervenir bastante más allá de la ayuda logística.

Se puede pintar mucho si te sientes exultante. La euforia tiende a rebosar y la alegría, el optimismo pueden repetirse sin cansancio con tal de que tengan un mínimo nivel artístico. Otra cosa es la pena o la desesperación, aunque se aprecian cuando son creíbles  si se frecuentan, si uno las reproduce insistentemente  en medios artísticos pronto resultan sospechosas: qué sentido tiene volver una y otra vez sobre la misma o parecida tristeza. Y socialmente tiende a ser mal visto, hay un público numeroso que  les toma por agoreros o aguafiestas, depresivos a los que mejor no hacer mucho caso, no vayan a contagiarnos.

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