sukilbide

Pintura inverosimil.

El Rey Kardim visitó la escuela de arte  y quedó prendado de uno de los cuadros que allí vio. Desde ese mismo momento su decisión inapelable era comprarlo,  llevárselo a su castillo y mirarlo y mirarlo, admirado.

Pero Esther, la pintora, no estaba dispuesta a desprenderse de él, no había pintado el cuadro para alguien tan prepotente. El monarca le ofreció oro, rubís, tierras, pócimas mágicas secretas, la mano de su hijo… pero nada la hizo cambiar de opinión.

Ciego de deseo el Rey le propuso que fuera ella quien eligiera lo que más quisiera, él no iba a negárselo.

La pintora, que estaba desde hacía meses sumida en la tristeza se sinceró con él: lo que más quiero es que no llegue el atardecer. Comprobar cómo cada día irremediablemente se va la luz por muchas horas  y ya no puedo pintar ni ver mis cuadros como  son en verdad me causa una pena insoportable que me hace llorar a la vez que tiemblo y me acurruco bajo las sábanas de mi cama.

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¿Y qué podía hacer el Rey para evitar la llegada de la noche? Lo consultó con los sabios del reino y la mejor solución que se les ocurrió fue engañar al sol.

Para eso era imprescindible la colaboración de todos y cada uno de los súbditos. Que tendrían que participar en una farsa descomunal, un teatro de locos. Cuando se acercara la hora del atardecer ignorarían la rutina de cenar, lavarse los dientes como te los lavas cuando vas a la cama.Y nada de irse a dormir. Por el contrario pretenderían que estaba amaneciendo. Se afeitarían, se limpiarían los dientes como te los limpias por la mañana, desayunarían a las 7 de la tarde, los chavales buscarían sus libros y mochilas y se prepararían para ir a la escuela… De esta manera al ver el Sol lo que ocurría detendría su marcha y, creyéndose equivocado, recomenzaría el arco en el cielo, se colocaría en el punto del principio de un nuevo día.

Bajo amenazas de severas penas la gran mayoría obedeció. Incluso los insomnes se doblegaron y simularon querer dormir los ratos que antes trataban de estar despiertos.

Esto funcionó durante 9 jornadas, más o menos. Al décimo a la mayor parte de la gente les había vencido el sueño y ya no podían hacer como que despertaban cuando lo que de verdad necesitaban era ir a dormir.

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El  Sol, que ya estaba aturdido, agotado, perdió altitud en el firmamento. Y calentó la Tierra bastante más de lo habitual. Para cuando hombres, mujeres, niños y niñas empezaron a despertar  y volvieron a su ritmo natural de día y noche el calor había derretido, entre otras cosas, muchas pinturas. Con lo que ya no lucía hermoso en el salón real el cuadro de Esther, sus colores se habían mezclado en una masa pastosa, pegajosa y goteante. El rey se vio liberado de su deuda y sin darle muchas más vueltas se volcó en el cuidado del jardín, muy necesitado de agua y de atenciones.

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