sukilbide

Nada.

Le invitaron a exponer en una galería de Alicante. Venciendo su tradicional pereza ante estas proposiciones, aceptó.

Los dibujos estuvieron colgados tres semanas. No hubo ventas, ni tampoco críticas, casi ni siquiera crónicas o reseñas en los periódicos ni en las radios.

No era la primera vez que concluía con un balance tan plano y no se lo tomó a mal.

Conforme pasaron las semanas se le estancó en la cabeza fastidiándole un recuerdo, una escena del día de la inauguración a la que en su momento no atribuyó mucha importancia. Su hijo Ricardo, de 29 años, había acudido con Roberto, su novio. Cuando se lo presentó a su padre Ricardo hizo hincapié en que Roberto había terminado Bellas Artes y que era un habitual de las exposiciones y los museos.

Sin embargo ninguno de los dos jóvenes prestaron apenas atención a los dibujos. Estuvieron hablando primero con una venezolana a la que preguntaron toda clase de cosas sobre la situación política y social en su país y luego con un agente de viajes del que querían detalles sobre excursiones por los alrededores de Lisboa.

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