sukilbide

Discreto.

La Muerte se sentía empachada. Además de los fallecimientos que damos por naturales, obligados, de los accidentes, las matanzas y otros innumerables desastres corrientes de todo tipo, recientemente se había producido lo que se da en llamar una guerra mundial y en pocos años habían muerto otros sesenta millones de personas.

Aburrida de su incontestable éxito en el reclamo de todas y cada una de las existencias -vegetales, animales, humanas- sobre el planeta, una vez demostrada su terca victoria sobre la Vida quiso tomarse un mínimo descanso, buscó romper su rutina, sobrepasar su zona de confort, probar con algo nuevo y le propuso a su contrincante La Vida, un trato.

Entre las dos buscarían a una persona a la que dejarían vivir indefinidamente.

No se trataba de un premio para nadie en particular, vivir no es necesariamente un regalo.

Por su natural, eterna confrontación, ni la Muerte ni la Vida podrían reclamar para sí un éxito. Por lo que no iban a escoger a alguien vitalista, tampoco a nadie excepcional en el sentido de haber hecho una gran aportación o haber celebrado la Vida como un don. Por otro lado tampoco servía un siervo de la Muerte, no valía un asesino en serie, un genocida; tampoco un depresivo, un suicida.

Tendría que ser alguien más que anónimo. Uno no puede vivir doscientos años sin llamar la atención entre sus familiares, sus vecinos…

Encontraron a Eduardo Mendaza Venables. Soltero, sin familia, vagabundo entre al menos cuatro estados latinoamericanos: Argentina, Chile, Bolivia y Paraguay. Nunca le esperaba nadie, no tenía rutinas camineras, no tenía amigos.

Vivía de vender pequeños dibujos. Donde representaba con mediana habilidad cordiales objetos cotidianos como una plancha, un jarrón, una silla, una lámpara. Los cambiaba por pan, por frutas, por un techo en una noche de lluvia. Y la gente se quedaba buenamente con esos dibujos pero sin llegar a apreciarlos mucho. Los podían dejar sobre una repisa y permanecían allí años, los olvidaban allí. No llamaban la atención. Si se perdían, si alguien se los llevaba, bueno, no pasaba nada. Pero también podían subsistir allí lustros y lustros. Eran amables, discretos y útiles -en su función estética y de acompañamiento- en la justa medida para hacerlos significativos en un grado mínimo pero suficiente, para que la gente los conservara, no los desechara, no se aburriera de ellos, no los descuidara y tirara por fin un día a la basura por no limpiarles el polvo o por haberse hartado de verlos. Pero igual daba su desaparición.

Que Eduardo viviera o muriera no suponía un triunfo para nadie.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s