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Eleonor.

Amid me contó que en cada uno de los últimos cuatro años una tormenta con granizo destrozó las cosechas del poblado donde vivía,  Jiangstxu, muy cerca de la región montañosa del norte de su país.

Las bolas, los grumos irregulares  de hielo como piedras de entre cinco y veinte o treinta milímetros actuaban como un bombardeo despiadado quebrando los tallos del cereal, agujereando las manzanas, las fresas, lo que fuera que estuviera creciendo en ese momento.

Los agricultores ya habían utilizado los medios a su alcance para evitar las dañinas trombas. Los disparos de cañones, las ondas de choque, antes la pólvora… Las avionetas que rociaban acetileno o butano –eso creí entender, no sé cómo lo hacían-  los cohetes antigranizo, el yoduro de plata.

Hubo quien instaló redes pero no servían para las grandes extensiones y además, si el vendaval era verdaderamente poderoso las derribaba, se colapsaban y aún era mucho peor la catástrofe.

Para sorpresa de todos el método que mejor funcionó fue uno que en principio parecía tan de superchería como el de rezar o  salir en procesión cantando el antiguo conjuro del Tentenube (Tente nube /Tente Nu/  Que Dios puede más que tú / Si eres agua, ven acá / Si eres piedra, vete allá / Siete leguas de mi pueblo / y otras tantas más allá/ Tente nublo / Tente Nu .

Repicaron las campanas de la torre. La vibración producida en el aire, el sonido, sus ondas tenían la cualidad de empujar expulsando a las nubes, las rechazaban como quien manotea en el aire para desalojar de la habitación a una mosca, como quien arroja un canto rodado al agua y espera que las ondas muevan las hojas que están flotando. Las nubes se ablandaban, la corriente interior de aire se desviaba y no producía los cachos de hielo.

Gracias a esto el quinto año no se produjo ninguna granizada y el trigo, la cebada, los girasoles completaron su ciclo y dieron muy buenas cosechas.

Por otro lado los habitantes de Plastmiauth pronto se dieron cuenta de que las nubes amenazantes y el pedrisco eran bastante más frecuentes sobre sus cielos. Las vigilaron según llegaban y no fue difícil deducir que muy a menudo las sobreabundantes tormentas surgían desde el otro lado del río, desde Jiangstxu.

Las campanas que en el pueblo de Amid alejaban las borrascas a su vez las dirigían hacia el suroeste, más allá de las granjas hasta la población cercana.

Cuando les pidieron cuenta a sus vecinos estos les contestaron que de acuerdo con una cita muy aproximada de la biblia “hasta la última gota de lluvia tiene un propósito”.

Con el tiempo los plastmiauthenses, indignados, recurrieron exactamente a la misma estrategia: hacer sonar sus campanas. Tras muchos ensayos y científica observación encontraron la manera, el ritmo, la cadencia precisa para conducir aquellos nublados, como correspondía, de regreso al lugar de donde provenían.

En ese ir y volver las aturdidas, agotadas nubes terminaban por descargar a medio camino. Sobre el condado de Ufir. En un área de tierras rojas, de arbustos espinosos apenas habitado donde tenía su casa Eleonora.

Sobre su jardín, sobre su huerto, sobre las tierras vecinas descargaban ahora las trombas que hasta entonces habrían sido de otros.

Fue tanto el agua y sobre todo, los bloques de hielo caídos, que en poco tiempo la vegetación fue barrida y muchos animales escaparon a la búsqueda de abrigo. También se fugaron el pequeño jabalí, el enorme mastín, los diecisiete gatos que ella había acogido.

Eleonor no sabía qué hacer, no entendía qué estaba pasando, sólo comprobaba  que se iba quedando sola. Sin aves, sin roedores, sin conejos, sin gatos ni perros.

Fue entonces cuando, más o menos inconscientemente, se puso a dibujar a todos estos seres ausentes. Primero en papeles, en su cuaderno, en un par de cuadros… y luego los pintó sobre piedras redondeadas, fáciles de encontrar junto al cauce seco. Terminadas las iba dejando en distintos rincones de la finca.

Los animales representados aparecían sentados, echados, con expresiones apacibles. Y la dureza de las piedras en la piel representada se convertía en suavidad, las plumas, el pelo mullido sobresalía de la firmeza de la superficie pulida.

Encontrar para cada piedra la criatura que mejor le convenía, y la mejor expresión, la postura que se adaptaba con exactitud a los contornos particulares de cada piedra.

Los búhos, los conejos, los gorriones o los cervatillos pintados daban la sensación de estar tanto o más a gusto en su asiento pétreo de lo que podían estarlo en sus cuerpos blandos. Eleonora se detenía sabia, minuciosamente en texturas, en matices, en colores.

Las piedras, de muy diversos tamaños y formas, soportaban bien la caída de los proyectiles blancos. La pintura no se desprendía y daba gusto volver a ver los colores refrescados, brillantes al paso de los aguaceros.

Cerca de la casa de Eleonor se vinieron a vivir James, desde  Plastmiauth y Xang desde Jiangstxu. El primero se estaba quedando sordo. Una de las cosas que echaba de menos era escuchar caer la lluvia. Y el granizo, con su golpeteo estruendoso pero amortiguado para los oídos del anciano James era el sonido más parecido de lo que recordaba que era llover.

Algo parecido pero con la vista le ocurría a Xang. Sus ojos cansados no percibían las gotas pero sí llegaba a distinguir las atenuadas balas del granizo, venidas desde el cielo, chocando contra los caminos y contra las paredes y los techos de las casas.

Con el tiempo y al abrigo de las piedras fueron creciendo de nuevo plantas diminutas. Las expresiones amables de las figuras parecían incitar la llegada de vida. Se hicieron grandes. Y fuertes. Tanto como para enfrentar con vigor los rayos, los truenos, los chaparrones de bolas y lo que quisiera venir.

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