sukilbide

Guión.

Movidas por una ráfaga de viento las palmeras entreabren sus hojas, desde los ventanales de palacio ahora se puede ver la silueta imponente del volcán bajo un cielo estrellado.

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Anna describe la escena a Charles, su novio ciego de nacimiento, que vive solo en la gran casa. Elije palabras sencillas, precisas y elegantes que son para él un dibujo de líneas, sin sombras, de perspectiva grácil, de nulo peso.

Esa noche Charles sueña que la montaña entra en erupción, el cráter expulsa fuego y las palmeras sirven de barrera contra las bolas ardientes que expulsa por su boca el volcán.

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Más todavía: las ramas atrapan los proyectiles, se curvan hasta tocar el suelo, responden flexibles, poderosas, como un muelle y aprovechan ese impulso como catapultas para lanzar los diablos chisporroteantes de nuevo al espacio.

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Palmera

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De madrugada varias de esas fulgurantes estrellas han caído sobre los sembrados, se han enfriado y solidificado en forma de negras aspas.

El amanecer del siguiente día exhala un rojo mucho más acentuado de lo habitual. El río es un azul de hilos multicolores.

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Charles le relata su sueño a Anna. Al hablar de las aspas las sitúa en un paraje entre campos de girasoles, de soja, una tapia hecha de piedras secas, sin cemento ni barro; nubes rozando el horizonte, un arroyo lechoso, viñas viejas, cuatro olmos en un camino por el que puntuales vuelven cada tarde solas las vacas a su corral. Anna se sobresalta. Ese lugar lo conoce, es el terreno cerca de Brenton –del que nunca le había hablado a Charles.  Allí vive Andrew, un hombre al que suele ir a visitar cada vez con más frecuencia. Presa de la superstición Anna sospecha que esas cruces de lava son señales, muy malos, fatales augurios.

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Ella habría seguido buscando la compañía de Andrew (pero decididamente evitando pasar esos puntos marcados en el terreno) si no fuera porque la vívida composición que hizo Charles del lugar que surgió en su sueño no hubiera sido tan sutil en las formas y en sus límites, en los lindes, en los cultivos, en las cruces… que no le daba ninguna pista segura. La visión era realista pero a la vez producto de un dinámico, autónomo dibujo al que no se debía reclamar rigor.

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