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Relato.

El extraño suceso conmocionó a muchos. Y el responsable pronto se convirtió en una figura estigmatizada. La intranquilidad se extendió por todos los estamentos de la sociedad y la censura se proyectó no solo sobre el hecho en sí mismo y sobre el autor, también sobre las circunstancias y las características personales del causante.

Así con el tiempo se pudo percibir un rechazo social, difuso pero innegable, hacia aquellos que compartían profesión con el protagonista, los practicantes sanitarios. La gente, sin dar una explicación,  pedía con más o menos rotundidad que fueran los médicos quienes administraran las vacunas o extrajeran sangre. La misma animadversión se percibía hacia las personas que vivían en la región de Numbal, de donde procedía este individuo.

Sin promulgación de ningún edicto ni ley ni reglamento ciertas cosas cambiaron. Una muy curiosa, de la que apenas nadie se dio cuenta, fue el uso de las vestimentas. En el momento crucial el sujeto llevaba una camisa de cuello duro con bolsillo recto en el lado izquierdo. Poco a poco fueron desapareciendo de las tiendas, ya nadie las compraba,  nadie que pudiera quererlas las encontraba.

Aquella prenda era de un anaranjado como el que está en la bandera de ese país del norte de Europa que acaba de recibir un encargo de 126 fragatas para los chinos. Lo mismo, con los meses ya no había prendas de ese color, no las veías en la calle.

Hasta el punto de que el color en sí mismo, su matiz concreto, su tono preciso que tanto habíamos visto en las televisiones y en las fotografías que daban cuenta de lo que sucedió, parecía apartado, borrado completamente de la vida cívica.

Hasta que un día un pintor, al ir a comprar sus tubos de óleo, reparó en el hecho de que este color naranja había subido considerablemente de precio. No todos habían costado siempre lo mismo. Por los materiales del los que se obtienen, por su rareza, por el procedimiento más o menos complejo o delicado… el violeta cobalto, el azul real… unos cuestan más que otros, en ocasiones la diferencia es muy notable.

Pero no era este el caso.

Sospechando lo que ocurría, molesto, después de intentar razonar con el dependiente, de discutir, al final enfadado, con un gesto que a los dos se les hizo violento agarró el tubo y se lo llevó dejando sobre el mostrador la misma cantidad que antes pagaba. Apresurado se marchó.

Semanas después la denuncia, luego el juicio. Antes, los amigos, preocupados por lo que veían venir,  habían intentado convencerle: ese naranja que no tienes… si usas este otro y cerca le colocas la cantidad justa de amarillo cadmio –le dijo un colega- verás cómo el resultado es el mismo. Pero además… tal como pintas tú que pones mil colores… ¿Quién va a echar de menos ese? Si propiamente no los buscas, si te dejas llevar por tu magnífica intuición, si hay tantos y son esplendidos todos…

El juez no era de los que se recuesta y se mece la barba, de los que se yergue y escribe en su tableta. Era uno corriente, extrañado de que un caso de tan poca importancia que se podía haber resuelto en una vista semiautomática se hubiera magnificado de esta manera. Aun así iba a condenarle a pagar el tubo del óleo al precio estipulado por el mercado, a cargarle las costas del juicio, a reprenderle, a mandar desalojar la sala. Pero la intervención en el último minuto del abogado defensor produjo el vuelco. Porque empezó a hablar de mandarinas, de naranjas, de yemas de huevo, de calabazas, zanahorias, bombonas de butano, cangrejos… (en ese punto pensó el abogado que el juez le interrumpiría con un no se equivoque su señoría de escenariono nos haga perder a todos el tiempo) pero el letrado no le dejó espacio, no se detuvo y fue cuando en su enumeración sin fin el abogado mencionó los grilletes y los buzos naranja de los prisioneros además de los pijamas igualmente naranja que les hacen vestir a quienes van a ser decapitados frente a una cámara de video que les graba cuando el juez dejó escapar un suspiro, golpeó con el mazo y puso fin a todo aquello.

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