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Lengua.

Hasta que Martín Basarte no vivió una temporada fuera de su país no se dio perfecta cuenta de otra de las ventajas de pintar frente a escribir o hacer películas: el idioma. No tienes que traducir, no existe esa barrera, parece poca cosa, pero no lo es.

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Risa.

Hoy pinto parodiando torpemente a Picasso.

En sus supuestas distorsiones, deformaciones, con frecuencia asoman seres que tomamos por desarticulados, quebrados, algunos monstruosos. 

Si me sale una pierna desbocada, un rostro desencajado me sonrío de la liberalidad que permite mi pobre pintura. Y también pienso que Pablo Picasso, además de severo, dramático, en muchas ocasiones él también se sonreiría con los desbaratados resultados que se le iban apareciendo.

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Recompensa.

Puedes salir del cine decepcionado con la película, arrepentido de haber pagado la entrada. Lo mismo de un concierto, una obra de teatro…. Un libro puede defraudarte pero con un cuadro es distinto. Si llegas a pagar por él es que lo has visto y lo quieres, no hay sorpresas, no por no saber qué obtenías a cambio de tu dinero.

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Guión.

Movidas por una ráfaga de viento las palmeras entreabren sus hojas, desde los ventanales de palacio ahora se puede ver la silueta imponente del volcán bajo un cielo estrellado.

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Anna describe la escena a Charles, su novio ciego de nacimiento, que vive solo en la gran casa. Elije palabras sencillas, precisas y elegantes que son para él un dibujo de líneas, sin sombras, de perspectiva grácil, de nulo peso.

Esa noche Charles sueña que la montaña entra en erupción, el cráter expulsa fuego y las palmeras sirven de barrera contra las bolas ardientes que expulsa por su boca el volcán.

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Más todavía: las ramas atrapan los proyectiles, se curvan hasta tocar el suelo, responden flexibles, poderosas, como un muelle y aprovechan ese impulso como catapultas para lanzar los diablos chisporroteantes de nuevo al espacio.

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Palmera

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De madrugada varias de esas fulgurantes estrellas han caído sobre los sembrados, se han enfriado y solidificado en forma de negras aspas.

El amanecer del siguiente día exhala un rojo mucho más acentuado de lo habitual. El río es un azul de hilos multicolores.

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Charles le relata su sueño a Anna. Al hablar de las aspas las sitúa en un paraje entre campos de girasoles, de soja, una tapia hecha de piedras secas, sin cemento ni barro; nubes rozando el horizonte, un arroyo lechoso, viñas viejas, cuatro olmos en un camino por el que puntuales vuelven cada tarde solas las vacas a su corral. Anna se sobresalta. Ese lugar lo conoce, es el terreno cerca de Brenton –del que nunca le había hablado a Charles.  Allí vive Andrew, un hombre al que suele ir a visitar cada vez con más frecuencia. Presa de la superstición Anna sospecha que esas cruces de lava son señales, muy malos, fatales augurios.

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Ella habría seguido buscando la compañía de Andrew (pero decididamente evitando pasar esos puntos marcados en el terreno) si no fuera porque la vívida composición que hizo Charles del lugar que surgió en su sueño no hubiera sido tan sutil en las formas y en sus límites, en los lindes, en los cultivos, en las cruces… que no le daba ninguna pista segura. La visión era realista pero a la vez producto de un dinámico, autónomo dibujo al que no se debía reclamar rigor.

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Eleonor.

Amid me contó que en cada uno de los últimos cuatro años una tormenta con granizo destrozó las cosechas del poblado donde vivía,  Jiangstxu, muy cerca de la región montañosa del norte de su país.

Las bolas, los grumos irregulares  de hielo como piedras de entre cinco y veinte o treinta milímetros actuaban como un bombardeo despiadado quebrando los tallos del cereal, agujereando las manzanas, las fresas, lo que fuera que estuviera creciendo en ese momento.

Los agricultores ya habían utilizado los medios a su alcance para evitar las dañinas trombas. Los disparos de cañones, las ondas de choque, antes la pólvora… Las avionetas que rociaban acetileno o butano –eso creí entender, no sé cómo lo hacían-  los cohetes antigranizo, el yoduro de plata.

Hubo quien instaló redes pero no servían para las grandes extensiones y además, si el vendaval era verdaderamente poderoso las derribaba, se colapsaban y aún era mucho peor la catástrofe.

Para sorpresa de todos el método que mejor funcionó fue uno que en principio parecía tan de superchería como el de rezar o  salir en procesión cantando el antiguo conjuro del Tentenube (Tente nube /Tente Nu/  Que Dios puede más que tú / Si eres agua, ven acá / Si eres piedra, vete allá / Siete leguas de mi pueblo / y otras tantas más allá/ Tente nublo / Tente Nu .

Repicaron las campanas de la torre. La vibración producida en el aire, el sonido, sus ondas tenían la cualidad de empujar expulsando a las nubes, las rechazaban como quien manotea en el aire para desalojar de la habitación a una mosca, como quien arroja un canto rodado al agua y espera que las ondas muevan las hojas que están flotando. Las nubes se ablandaban, la corriente interior de aire se desviaba y no producía los cachos de hielo.

Gracias a esto el quinto año no se produjo ninguna granizada y el trigo, la cebada, los girasoles completaron su ciclo y dieron muy buenas cosechas.

Por otro lado los habitantes de Plastmiauth pronto se dieron cuenta de que las nubes amenazantes y el pedrisco eran bastante más frecuentes sobre sus cielos. Las vigilaron según llegaban y no fue difícil deducir que muy a menudo las sobreabundantes tormentas surgían desde el otro lado del río, desde Jiangstxu.

Las campanas que en el pueblo de Amid alejaban las borrascas a su vez las dirigían hacia el suroeste, más allá de las granjas hasta la población cercana.

Cuando les pidieron cuenta a sus vecinos estos les contestaron que de acuerdo con una cita muy aproximada de la biblia “hasta la última gota de lluvia tiene un propósito”.

Con el tiempo los plastmiauthenses, indignados, recurrieron exactamente a la misma estrategia: hacer sonar sus campanas. Tras muchos ensayos y científica observación encontraron la manera, el ritmo, la cadencia precisa para conducir aquellos nublados, como correspondía, de regreso al lugar de donde provenían.

En ese ir y volver las aturdidas, agotadas nubes terminaban por descargar a medio camino. Sobre el condado de Ufir. En un área de tierras rojas, de arbustos espinosos apenas habitado donde tenía su casa Eleonora.

Sobre su jardín, sobre su huerto, sobre las tierras vecinas descargaban ahora las trombas que hasta entonces habrían sido de otros.

Fue tanto el agua y sobre todo, los bloques de hielo caídos, que en poco tiempo la vegetación fue barrida y muchos animales escaparon a la búsqueda de abrigo. También se fugaron el pequeño jabalí, el enorme mastín, los diecisiete gatos que ella había acogido.

Eleonor no sabía qué hacer, no entendía qué estaba pasando, sólo comprobaba  que se iba quedando sola. Sin aves, sin roedores, sin conejos, sin gatos ni perros.

Fue entonces cuando, más o menos inconscientemente, se puso a dibujar a todos estos seres ausentes. Primero en papeles, en su cuaderno, en un par de cuadros… y luego los pintó sobre piedras redondeadas, fáciles de encontrar junto al cauce seco. Terminadas las iba dejando en distintos rincones de la finca.

Los animales representados aparecían sentados, echados, con expresiones apacibles. Y la dureza de las piedras en la piel representada se convertía en suavidad, las plumas, el pelo mullido sobresalía de la firmeza de la superficie pulida.

Encontrar para cada piedra la criatura que mejor le convenía, y la mejor expresión, la postura que se adaptaba con exactitud a los contornos particulares de cada piedra.

Los búhos, los conejos, los gorriones o los cervatillos pintados daban la sensación de estar tanto o más a gusto en su asiento pétreo de lo que podían estarlo en sus cuerpos blandos. Eleonora se detenía sabia, minuciosamente en texturas, en matices, en colores.

Las piedras, de muy diversos tamaños y formas, soportaban bien la caída de los proyectiles blancos. La pintura no se desprendía y daba gusto volver a ver los colores refrescados, brillantes al paso de los aguaceros.

Cerca de la casa de Eleonor se vinieron a vivir James, desde  Plastmiauth y Xang desde Jiangstxu. El primero se estaba quedando sordo. Una de las cosas que echaba de menos era escuchar caer la lluvia. Y el granizo, con su golpeteo estruendoso pero amortiguado para los oídos del anciano James era el sonido más parecido de lo que recordaba que era llover.

Algo parecido pero con la vista le ocurría a Xang. Sus ojos cansados no percibían las gotas pero sí llegaba a distinguir las atenuadas balas del granizo, venidas desde el cielo, chocando contra los caminos y contra las paredes y los techos de las casas.

Con el tiempo y al abrigo de las piedras fueron creciendo de nuevo plantas diminutas. Las expresiones amables de las figuras parecían incitar la llegada de vida. Se hicieron grandes. Y fuertes. Tanto como para enfrentar con vigor los rayos, los truenos, los chaparrones de bolas y lo que quisiera venir.

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Discreto.

La Muerte se sentía empachada. Además de los fallecimientos que damos por naturales, obligados, de los accidentes, las matanzas y otros innumerables desastres corrientes de todo tipo, recientemente se había producido lo que se da en llamar una guerra mundial y en pocos años habían muerto otros sesenta millones de personas.

Aburrida de su incontestable éxito en el reclamo de todas y cada una de las existencias -vegetales, animales, humanas- sobre el planeta, una vez demostrada su terca victoria sobre la Vida quiso tomarse un mínimo descanso, buscó romper su rutina, sobrepasar su zona de confort, probar con algo nuevo y le propuso a su contrincante La Vida, un trato.

Entre las dos buscarían a una persona a la que dejarían vivir indefinidamente.

No se trataba de un premio para nadie en particular, vivir no es necesariamente un regalo.

Por su natural, eterna confrontación, ni la Muerte ni la Vida podrían reclamar para sí un éxito. Por lo que no iban a escoger a alguien vitalista, tampoco a nadie excepcional en el sentido de haber hecho una gran aportación o haber celebrado la Vida como un don. Por otro lado tampoco servía un siervo de la Muerte, no valía un asesino en serie, un genocida; tampoco un depresivo, un suicida.

Tendría que ser alguien más que anónimo. Uno no puede vivir doscientos años sin llamar la atención entre sus familiares, sus vecinos…

Encontraron a Eduardo Mendaza Venables. Soltero, sin familia, vagabundo entre al menos cuatro estados latinoamericanos: Argentina, Chile, Bolivia y Paraguay. Nunca le esperaba nadie, no tenía rutinas camineras, no tenía amigos.

Vivía de vender pequeños dibujos. Donde representaba con mediana habilidad cordiales objetos cotidianos como una plancha, un jarrón, una silla, una lámpara. Los cambiaba por pan, por frutas, por un techo en una noche de lluvia. Y la gente se quedaba buenamente con esos dibujos pero sin llegar a apreciarlos mucho. Los podían dejar sobre una repisa y permanecían allí años, los olvidaban allí. No llamaban la atención. Si se perdían, si alguien se los llevaba, bueno, no pasaba nada. Pero también podían subsistir allí lustros y lustros. Eran amables, discretos y útiles -en su función estética y de acompañamiento- en la justa medida para hacerlos significativos en un grado mínimo pero suficiente, para que la gente los conservara, no los desechara, no se aburriera de ellos, no los descuidara y tirara por fin un día a la basura por no limpiarles el polvo o por haberse hartado de verlos. Pero igual daba su desaparición.

Que Eduardo viviera o muriera no suponía un triunfo para nadie.