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Un recado.

Querido Álvaro:

Jean Marie me ha contado que estuvo anteayer en tu estudio. Y que habló contigo mientras trabajabas en tu nueva pintura.

Dice que es extraña. Que le recuerda a los difuntos. Últimamente siempre saca este tema. Que si ya ha muerto demasiada gente, tanta que pronto será irrelevante que se mueran más… que a él le hubiera gustado que ninguno de sus hermanos tuviera hijos, tampoco ninguno de sus amigos, para que el mundo, el mundo de Jean Marie, se acabara cuando él y sus seres queridos murieran… cosas esperpénticas, ya ves.

Según él en tu cuadro hay fantasmas. Cabezas sobre picas rojas, sangrantes.  (En tus pinturas anteriores había cabezas cómicas, es algo que sueles usar, lo que ha parecido en una pintura lo rescatas en la siguiente y sigues a partir de ahí). Interpreta que son patéticos restos de cadáveres de personas que vivieron pobres vidas o tuvieron muertes horrendas o despreciables.

Hay palmeras. Pero no altas y erguidas sino cabizbajas, vencidas. Se ha fijado en que están inclinadas hacia la izquierda, insiste en que siempre que pintas perfiles los haces mirando a la derecha, como hacia el futuro, no hacia atrás.

Es un cementerio, con picas aún vacías, esperándonos.

Con lo que me ha contado he hecho este dibujo.

(Me he permitido poner un par de pequeñas plantas no completamente torcidas, rebeldes frente al destino, digamos.)

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Mixta sobre tela. 89 x 116 cm.

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Revalorización.

Tengo un cuadro de Giovanni Bentruccio. Es un pintor muy mediocre y completamente desconocido que nació el mismo año que Matisse. 

Voy a poner a la venta esta pintura. Por 16 millones y 20 dólares. 

En principio es un precio desorbitado pero voy a explicar cómo he llegado a decidirme por esta cifra.

He estudiado los precios a los que Matisse vendía sus cuadros en vida. Y los he comparado con los que alcanzan sus pinturas ahora. Estas cantidades recientes son desmesuradamente más altas.

Cuenta el que el artista esté muerto (igual de muerto que Bentruccio). Pero lo más importante es la revalorización. Y también la especulación. 

Claro que un cuadro de mi torpe pintor no se revaloriza ni por asomo en la misma mediada que uno de Matisse -no parte del mismo alto origen- y que tampoco están tan buscados como los del francés -ni de lejos-  pero eso ya lo he medido y descontado.

Así que atendiendo únicamente a la irracional, disparatada, avariciosa desvergüenza con que se hinchan los precios de algunas pinturas he calculado que esos 16 millones de dólares son el apestoso relleno que se ha sumado al precio que debería haber tenido el último matisse puesto a la venta. 

Así que ese extra injustificable puedo, con el mismo aplomo que exhiben los mercaderes, añadírselo yo al precio de mi cuadro.

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Dos distintos.

Manuel y Rebeca son pareja. Viven juntos.

Él es escultor, ceramista, dibujante. Ella pintora. La creatividad de uno estimula la del otro.

El trabajo de Manuel es una celebración de los materiales, de las herramientas, de las habilidades humanas, de la capacidad y de la oportunidad de vivir haciendo.

El de ella parece querer presentir y anunciar el momento en que, antes o después de la muerte,  el gran telón caiga, o se pliegue, se recoja, se lo lleve el aire y deje al descubierto un espacio deslumbrante, no sabe si vacío,  cegador o extraordinario.

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Madre y hermano.

De lo de hace unos años no recuerdas apenas nada. Tienes mala memoria desde siempre. Si te preguntara cómo eras a los, 12, 15, 18 años… no sabrías decir sino lugares comunes, te describirías como ves a los chavales ahora, más o menos. O como oyes a otros, de tu edad, hablar de sí mismos.

Y desconfías de la memoria. En parte por eso tu pintura es dislocada y a ratos confusa, porque no recuerdas con la precisión convencional. Y porque no te fías de su fidelidad dibujas cosas que, una vez vistas, no se recuperan como quien retiene una fecha, un olor, un suceso.

No te acuerdas apenas de tu casa familiar. Ni de tus padres en aquellos años. Pero sabes que no podrías ser el que eres si ellos -muy especialmente tu madre- no hubieran hecho por ti lo esencial y mucho más. Como tampoco podrías hacer lo que haces sin el apoyo y la atención de tu hermano.

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Ahí en la pintura… Todo en el proceso ha sido un gozo. Cada figura, cada color, raya, punto… una particular medida de gozo.

Las expresiones de los personajes, otro grado de gozo. Las posturas, las superposiciones de superficies, las vecindades de seres, las reiteraciones de formas, las secuencias, los ecos de los símbolos. Gozo.

Y el total es una suma fácil de hacer, fácil de reconocer, un resultado matemático que no da lugar al error, que no es un número fijo pero sí un valor distinguible, rotundo y elevado.

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Nada.

Le invitaron a exponer en una galería de Alicante. Venciendo su tradicional pereza ante estas proposiciones, aceptó.

Los dibujos estuvieron colgados tres semanas. No hubo ventas, ni tampoco críticas, casi ni siquiera crónicas o reseñas en los periódicos ni en las radios.

No era la primera vez que concluía con un balance tan plano y no se lo tomó a mal.

Conforme pasaron las semanas se le estancó en la cabeza fastidiándole un recuerdo, una escena del día de la inauguración a la que en su momento no atribuyó mucha importancia. Su hijo Ricardo, de 29 años, había acudido con Roberto, su novio. Cuando se lo presentó a su padre Ricardo hizo hincapié en que Roberto había terminado Bellas Artes y que era un habitual de las exposiciones y los museos.

Sin embargo ninguno de los dos jóvenes prestaron apenas atención a los dibujos. Estuvieron hablando primero con una venezolana a la que preguntaron toda clase de cosas sobre la situación política y social en su país y luego con un agente de viajes del que querían detalles sobre excursiones por los alrededores de Lisboa.

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Sofía y Eva, dos amigas.

Sofía es una artista de aquellas que aspiran a encontrarse eso que han pintado (o algo muy semejantemente relacionado). Porque sabe dónde está o porque aparece por sorpresa. Puede presentarse al doblar una esquina, en un paseo. Puede ser un rincón urbano, un paisaje rural o una localización exótica. Actual o no, verosímil.

Puede tratarse del encuentro con una persona (ella había pintado su retrato) o ser un hombre o una mujer completamente desconocidos pero reales, posibles, al menos.

O en casa, la suya, la de otros: el comedor, el dormitorio. La lámpara, unas frutas, una biblioteca, nenúfares, gente merendando, un incendio, niños desnudos sobre la arena, los tejados de París….

Eva, una amiga suya, es una artista distinta. Lo que ella pinta no va a encontrárselo ni por la calle ni en un interior, no por aquí cerca, tampoco en la otra punta del globo. Lo que hace con los colores sólo está en el cuadro, en ningún otro lugar. Ni por asomo se parece a nada común y corriente, tampoco a nada extraordinario.

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No más.

Fernando concluyó en febrero los diez cuadros de luminoso lino blanco que en casa le habían regalado para su cumpleaños. Y no iban a comprarle ningún otro lienzo al menos hasta que el muchacho aprobara los exámenes de tercero de pedagogía, la carrera que estaba estudiando en Barcelona, su padre no quería que se distrajera demasiado con su afición artística.

Pero había momentos en que su necesidad era tal que si, por ejemplo,  sentía ansiedad por abrir el tubo del color naranja y aplicarlo en la tela, o por dibujar un círculo o un pentágono, por esbozar el pliegue de un tejido se plantaba frente a esos diez lienzos supuestamente terminados y rebuscando entre todos ellos encontraba el lugar donde hacer aquello sin dañar a la imagen que en su momento había dado por terminada.

Porque se conocía bien pintaba cuadros nunca definitivos o completos, más bien al contrario,  acogedores, hospitalarios.

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Un picasso.

Estás leyendo una entrevista a un personaje famoso y rico. En la descripción que hace del entorno: un estupendo ventanal sobre el Sena, mesa estilo Luis XVI, exquisito juego de café…. el periodista deja caer que en la estancia hay colgado un picasso.

Sin más, no detalla, no dice QUÉ picasso, ni siquiera por aproximación, como si fueran todos parecidos, como si diera lo mismo (cómo iba a dar lo mismo en un creador de esa prodigiosa multiplicidad) como si la imagen concreta, e incluso el soporte, la técnica, hasta el tamaño no importaran. (Sí, tampoco todos los escritorios son iguales, ni son idénticas todas las tazas, ni el Sena luce igual desde cualquier mirador.)

Sigues leyendo pero ya eres incapaz de concentrarte cuando relata viajes o menciona amantes, entre abatido y airado no puedes evitar volver sobre el fantasma de esa pieza desdeñada.

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Secos.

Muchos de los colores que aplicas en una pintura, al secarse, cambian. Por lo general pierden brillo, luz. Oleos, acrílicos, tienden a apagarse. Depende de calidades, de la cantidad que pones, de si para los primeros añades aceites, barnices, disolventes. Si los extiendes mucho -y en qué dirección sobre el entramado de hilos de la tela- si mezclas, sobre qué tipo de tejido los aplicas, si a los segundos les añades agua.

No todos los colores en las mismas condiciones pierden lo mismo. 

Jaime Melgar tiene predilección por trabajar con los fieles, los que conservan mejor su identidad inicial, pero también le gusta tratar con los otros, con los que van a obrar por su cuenta. No está dispuesto a prescindir de ninguno, no cuestiona su lealtad.

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Como los árboles.

Las ramas, las hojas de los chopos, de los álamos, se mueven mecidas por el viento. Verlas y escucharlas es una delicia.

Cuando el aire se detenga será como si no hubiera ocurrido nada.

El río corre junto a los campos, todo ese agua que veo moverse se desplaza, va para otro lado. Lo mismo ocurre con las nubes, con los pájaros, con una hilera de hormigas. Pero las hojas vuelven a donde estaban, tras el vuelo deslumbrante, el baile alegre. Serán distintas en unas semanas pero las he visto revolverse, zambullirse,  crepitar y silbar para regresar a la misma calma espléndida donde estaban.

Quisiera tener un cuadro donde pintar de esta manera, con esa irresponsable despreocupada libertad  donde buscar hacer prodigios sin interferir, sin cambiar nada porque la imagen no necesita ni admite mejoras.